¿Te has fijado bien en la mirada de un niño? ¿En su transparencia? ¿En el amor que emana de ella? Los niños son capaces de amar todo, de admirar lo más simple, desde una hormiga arrastrando una hojita hasta una nube con formas. Para un niño cualquier cosa es mágica, cualquier momento presente es eterno, el amor es su estado natural.
Lamentablemente para nuestro malogrado y malhumorado Mundo Adulto, esas no son condiciones óptimas de supervivencia. Estamos empeñados en acabar con esa inocencia y reemplazarla por una máscara que ese niño irá moldeando a medida que crece y lo ayudará a sobrevivir en el competitivo y veloz “Mundo real”. Nuestro Mundo es más gris, más numérico, más metódico; hay un método para todo, la ciencia lo explica todo, y lo que la ciencia no puede explicar es simplemente Basura. Tenemos que usar una máscara para todo: una para el trabajo, otra para los amigos, otra para las visitas (cada amigo y cada visita requiere una máscara distinta), otra para las autoridades, otra para nuestra pareja……….en fin………muy pocas veces o casi nunca somos nosotros mismos sin máscaras………Así es nuestro mundo adulto.
Desde que son pequeños nuestros niños (al igual que nosotros en algún momento y yo creo que muchos todavía) van siendo guiados a ese condicionamiento del disfraz con frases como: “Pórtate bien delante de los mayores” “Sé niño bueno delante de los abuelos” “No juegues en clases” “Quiero que te portes bien, ¿No ves que todo el mundo nos ve?”..........y pare usted de contar. No nos basta con necesitar aprobación externa sino que también se lo inculcamos a nuestros hijos.
La inocencia de un niño es un estado puro del Ser humano, fuimos creados para jugar, aprender jugando, disfrutar de las cosas, curiosear, ser. No para complacer a nadie ni seguir unas etiquetas sociales que quien sabe que persona dijo que son la forma correcta de vivir en este planeta. Total, la aprobación de los demás al final es basura, pues a nadie le interesas realmente.
Se es niño una sola vez en la vida, por lo tanto no se lo arruines a tus hijos. Que jueguen, que exploren, que sueñen, que sean ellos. No los reprendas por lo que diga tu familia, tus vecinos o mucho peor, los extraños. La mayoría de las personas no soporta la risa, los gritos y los juegos de los niños justamente por lo golpeado y asustado que se encuentra su niño interno………Ojala todos pudiéramos sanar eso………el Mundo sería un sitio más placentero...........
Los dejo con una canción deEnrique Bunbury (Uno de mis favoritos) que habla por sí sola:
De Mayor (Enrique Bunbury)
Cuando era pequeño me enseñaron a
perder la inocencia gota a gota
¡Qué idiotas!
Cuando fui creciendo aprendí a
llevar como escudo la mentira
¡Qué tontería!
De pequeño me enseñaron a querer ser mayor,
De mayor quiero aprender a ser pequeño.
Y así cuando cometa otra
vez el mismo error
Quizás no me lo tengas
tan en cuenta.
Me atrapó el laberinto del engaño
con alas de cera me escapé para no volver.
Cerca de las nubes como en sueños
descubrí que a todos nos sucede lo que sucede.
¡Y cómo nos molesta su sinceridad! Hemos inventado palabras ofensivas y denigrantes para calificarle cada vez que dice lo que piensa: « ¿Por qué ese señor es negro?» (¡No seas impertinente!) «¡Quiero chocolate!» (¡No seas pesado!) « ¡Mira qué mujer más gorda!» (¡No seas grosero!) « ¡No me gustan los guisantes!» (¡No seas caprichoso!) « ¿Para qué tengo que lavarme? No estoy sucio» (¡No seas contestón!) ¿Cuándo aprenderán esas útiles virtudes del adulto: el disimulo, la astucia, el engaño? Las aprenderán cuando se den cuenta de que se ahorran muchas regañinas si dicen mentiras o si callan verdades. El maestro tiene que ausentarse un momento y ordena a Carlos, de siete años, que en su calidad de primero de la clase se quede vigilando. La noble tarea del vigilante consiste en pasear entre los pupitres con los brazos cruzados, riñendo a los niños que hablan. Uno de los niños se levanta sin motivo, Carlos, en ejercicio de sus funciones, le dice que se siente; el otro no quiere. Carlos avanza con los brazos cruzados hacia el infractor, con una vaga idea de devolverlo a su pupitre por la fuerza. Se empujan mutuamente con los brazos cruzados, se les escapa la risa, toda la clase ríe. En lo mejor de la diversión regresa el maestro, muy enfadado. Carlos intenta justificarse, pero el maestro no quiere explicaciones. Sólo hace una pregunta en tono conminatorio: — ¿Tú crees que se puede reír mientras se vigila? —Sí —responde Carlos, y recibe una sonora bofetada. El maestro vuelve a preguntar gritando: —¿Tú crees que se puede reír mientras se vigila? Esta vez Carlos se toma unos instantes para contestar. Está asustado, paralizado por el terror. Intenta comprender el motivo, qué ha hecho mal para merecer este trato. Porque no le han pegado por jugar en clase, sino por responder a una pregunta. Y él ha respondido correctamente: ha dicho la verdad. Evidentemente, el maestro quiere que conteste «no». ¿Puede contestar «no» y salvarse? Carlos intenta justificarse a sí mismo ese «no», busca desesperadamente un motivo para cambiar su respuesta. No lo encuentra. Si la pregunta hubiera sido « ¿está permitido reír mientras se vigila?», podría contestar «no» de inmediato (él no sabía que no estaba permitido, pero ahora lo sabe: el enfado del maestro muestra bien a las claras que no está permitido). Pero la pregunta ha sido: « ¿Tú crees que se puede... ?». «Sí, piensa Carlos, yo creo que sí que se puede. Eso es lo que yo creo, ésa es la verdad, no puedo contestar otra cosa. » No quiere ser un héroe, no quiere desafiar al maestro, sólo quiere decir la verdad y, entre sollozos e hipidos, vuelve a decir: «¡Sí!» El maestro le propina una bofetada todavía más fuerte y, con los ojos fulgurantes, el rostro congestionado y un tono terriblemente amenazador, repite la fatídica pregunta: — ¿Tú crees que se puede reír mientras se vigila? ¿Cuántas bofetadas puede soportar un niño de siete años? Carlos vacila, piensa en decir que sí, tiene miedo. Haciendo un esfuerzo inspira profundamente, contiene sus sollozos, pronuncia un «no» lastimero y rompe a llorar amargamente. Esta escena tuvo lugar hace treinta y cinco años; y Carlos, lo habrán adivinado, era yo. No recuerdo el dolor de los golpes, no recuerdo la humillación. Recuerdo sólo el asombro, el estupor, el desconcierto y, sobre todo, la rabia y la impotencia, el haber sido obligado a decir una mentira. (Dr. Carlos Gonzáles)
En cualquier entorno y actividad de nuestra vida los vamos a encontrar; en los estudios, el trabajo, entre nuestros familiares; entre nuestros vecinos; en los desconocidos que están a nuestro alrededor mientras estamos en la calle. Siempre va a haber un tribunal que se encargará de juzgarte, condenarte y llevarte a la hoguera. En el asunto de la Crianza no podía faltar, es más, son el ojo avizor que siempre estará allí para evaluarte, criticarte y dictarte una sentencia de acuerdo a sus parámetros. Lo peor es que si te preocupa complacer al Tribunal estarás en graves problemas, siempre te van a encontrar una falla, pues su necesidad de juicio y crítica debe verse satisfecha. Por lo tanto, no te molestes en complacerlos, a menos que te unas a ellos. Será la única forma de librarte de su juicio por lo menos mientras estás juzgando y despellejando a otros en su presencia (cosa que disfrutan mucho), por que apenas le des la espalda recibirás un dardo de veneno que satisfaga su necesidad de superioridad.
El tribunal siempre estará alerta para detectar si tu hijo llora, si lo llevas cargado, si todavía le das teta, si no le pegas un grito o le das una nalgada “antes de que sea tarde y se te descarrile”, si te hace pataletas; nada se escapará de su observación y juicio. Peor será si se nota a leguas que eres una madre primeriza, pues será allí cuando se deleitarán restregándote en la cara que sus métodos son los únicos que hacen hombres y mujeres de bien, pues sus hijos que están ya grandes, los adoran y son lo mejor del mundo (me encantaría saber que piensan muy en el fondo estos hijos perfectos sobre los métodos que se les aplicaron). Escucharás cosas como que el castigo a tiempo hace hombres de bien, si no le pegas a ese muchacho no va a servir para nada………bla, bla, bla…..
Particularmente, no quiero hijos perfectos, súper dotados para pelear en este competitivo mundo adulto y ser los mejores en todo sin conocer el fracaso. Quiero hijos felices; seguros de sí mismo; que no esperen aprobación ajena, ni siquiera la mía, mucho menos la de un tribunal inquisidor; que no le teman al fracaso; que no sigan el rebaño sin preguntar a donde los llevan, solo por que la sociedad dice que hay que seguirlo; que no dejen que nadie decida por ellos; que le den más importancia a pasar un día consigo mismos en paz que a romper paradigmas y superar metas; que quieran lo mismo para sus hijos y jamás los golpeen o maltraten; y por sobre todo que jamás sientan necesidad de pertenecer a ningún Tribunal inquisidor.
A los Tribunales Inquisidores les aconsejo utilizar esa misma energía para condenar cualquier forma de maltrato hacia los niños, ancianos, animales y la Violencia doméstica en todos sus géneros o en su defecto, “vivan y dejen vivir”. Cuando alguien maltrata a un niño la mayoría cae en la complicidad del silencio, o de dar comentarios dignos de aprobación por parte del tribunal. Eso es seguir al rebaño.
Si queremos tener un mundo mejor comencemos sembrando paz, amor y cuidando la semilla del futuro que son los niños. El Planeta necesita un cambio urgente al amor, ese el paradigma y la meta que hay que romper. No le des tanta importancia al ruido de afuera, escucha lo que te dice tu alma………no hay mejor consejera que ella, solo busca su consejo y guía en el silencio. Cría a tus hijos como tu corazón te lo ordene, no como los demás dicen que es mejor. Aquí cito a Paulo Coelho: “El vecino al que le encanta hacer comentarios sobre nuestro jardín no cuida nunca de sus plantas”.
Emilia y su hijo Óscar, de seis años, han tenido una fuerte diferencia de opiniones. Para no perdernos con los detalles, digamos tan sólo que Emilia era partidaria de que Óscar se duchase, mientras que este último se sentía muy limpio. Ha habido gritos, llantos, insultos y amenazas. Un testigo imparcial reconocería que la mayor parte de los llantos ha venido de una de las partes en conflicto, y la mayor parte de los insultos y de las amenazas de la otra. De eso hace una hora. ¿Cuál de estas personas cree usted que está ahora contenta y feliz, y continúa con sus ocupaciones como si nada hubiera ocurrido, mostrándose incluso inusualmente alegre y zalamera; y cuál, por el contrario, es más probable que esté todavía enfadada, haciendo reproches, rezongando? «Mira, mamá, mira qué hago. » «No, mamá no ríe. " « ¿Iremos al zoo el domingo?» «A ver, ¿tú crees que te lo mereces? ¿Te parece que te has portado bien?» Arturo, el padre, vuelve ahora del trabajo. ¿Cuál de las siguientes frases le parece que oirá: a) «Mamá se ha puesto tremenda esta tarde, no sabes la escenita que me ha hecho. Tienes que decirle algo.» b) «Este niño ha estado toda la tarde muy impertinente, no me hace ni caso. Tienes que decirle algo. » Nuestros hijos nos perdonan, cada día, docenas de veces. Perdonan sin doblez, sin reservas, sin reproches, hasta olvidar completamente el agravio. Se les pasa el enfado mucho antes que a nosotros. (Dr. Carlos Gonzáles)
Cuando un niño llora en un sitio público, es imposible que la mayoría de las personas deje de mirar con un gesto de desaprobación y a veces hasta con irritación. Si el niño además de llorar tiene pataletas, peor aún. Hace poco observé como una “jauría” de personas irritadas y apegadas a su manual de lo que es correcto y lo que no, bombardeaba con reproches y comentarios fuera de lugar a una madre que no podía calmar el llanto desesperado de una niña que se encontraba encerrada dentro de un vagón del metro repleto de gente y circulando a paso de tortuga a través de los ya largos y desesperantes túneles del sistema subterráneo de mi hermosa Ciudad. Los reproches iban y venían, y de pronto la mayoría de las personas que allí se encontraban se convirtieron en expertos en detectar la razón del llanto de un niño. El diagnóstico que dieron fue el siguiente: “Tiene hambre”. El que yo les di a ellos fue: “Tienen Stress”
Sumado a su inspirado y meditado diagnóstico vino una ola de reproches directos e indirectos contra la pobre y joven madre, quien ya de por sí se encontraba confundida y apenada. Se podía oír lo siguiente: “Que clase de madre, ¿Cómo no carga un tetero?”; “Esas madres de hoy día”; “Métele un chupón”; “¿Cuándo en mis tiempos?”; “Cuando yo criaba, siempre andaba preparada con mi tetero y todo lo que hiciera falta”; “A esa niña lo que le falta es una buena nalgada”; bla…….bla….bla……….
Mi “indignamómetro” rebasaba su máximo nivel, no podía creer lo que estaba viendo y oyendo. Para rematar la pobre madre estaba tan apenada e intimidada que no se atrevió a decir nada. Las preguntas que pasaban por mi cabeza antes de estallar fueron las siguientes:
1)¿Por qué les molesta tanto en vez de preocuparles el llanto de una niña pequeña?
2)¿Por qué cuando un adulto llora da lástima y cuando un niño llora molesta?
3)¿Por qué la gente mayor se enorgullece tanto de sus métodos de crianza disciplinariamente perfectos? ¿Qué nos han dejado? ¿Un mundo de paz? ¿Un mundo de amor? ¿Un mundo de igualdad? ¿Dónde está?
4)¿Por qué cuando una persona maltrata o humilla a un niño en nombre de la disciplina nadie se entromete así? Y mucho menos con esa pasión…
5)¿Por qué no se van todos al carajo y se meten en sus asuntos? (Esta no pasó por mi mente, sino salió de mi boca)
El Dr. Carlos González explica en su libro “Bésame mucho” que el llanto de un niño está biológicamente diseñado para crear alarma en su tribu, y en honor al instinto de supervivencia todos los miembros adultos de dicha tribu se esmerarán en protegerlo de cualquier peligro externo. ¿Entonces qué está sucediendo con nuestra sociedad actual? ¿Dónde quedó el instinto? El ser humano siempre está buscando algo o alguien a quien culpar de sus problemas. Hoy día el mundo está muy loco, en vez de buscar soluciones buscamos culpables. ¿Por qué no poner toda esa energía en la búsqueda inteligente de soluciones? ¿Por qué no podemos aceptar que el mundo necesita un vuelco total hacia el amor? ¿Qué más debemos vivir para poder darnos cuenta de esto?
Nuestros niños son seres de Luz que necesariamente han venido a cambiar todo esto, créalo o no. Nuestra misión es comenzar el cambio, prepararles el terreno. No podemos aferrarnos a los métodos del pasado, menos aún viendo los resultados que han traído a la humanidad. Estas criaturas son seres de amor, necesitan amor. Dejemos de querer tener siempre la razón, comencemos a escuchar más nuestro corazón. Si eres un padre o Madre novato déjate llevar por lo que sientes más que por lo que te dicen. La gente es experta en buscar desanimarte y en querer llevarte por los caminos de siempre, y en caso de que quieras seguir tu alma serán expertos en etiquetarte como “diferente” o “rebelde” y a toda costa hacerte sentir culpable.
Cuando te encuentres en la situación de esta Madre, que no te importe……..mándalos al carajo. Si te encuentras en la posición de espectador, como era mi caso, mándalos al carajo en nombre de ella como me tocó hacerlo a mí. Tenían que ver la cara de gratitud de esta joven Madre al ver que por lo menos una persona no la juzgaba por no saber que hacer para calmar el llanto de su niña, y en vez de eso mandaba a el tribunal inquisidor a ocuparse de sus asuntos y dejar por lo menos por un momento de estar buscando victimas para su hoguera de ignorancia y conformismo.
No permitas que la manada trate de desviarte del camino, si crees que debes dar amor a tu hijo todo el tiempo, pues hazlo. Que nadie, ni siquiera tu familia, se entrometa en como crías a tus hijos. Que nadie te convenza que lo estás haciendo mal por no seguir las directrices que mandan la “Sociedad” y el “Que dirán”. La Felicidad y el sano desarrollo emocional de tu hijo son más importantes que la aprobación de un Tribunal inquisidor constituido en su totalidad por seres infelices y llenos de resentimiento y frustración. Préstale más atención a lo que dice tu corazón que a lo que dice la razón……..el camino del amor es el más difícil y el menos transitado………pero tarde o temprano es el que todos tendremos que recorrer………….
Les dejo con este poema de Robert Frost……….
La Senda no tomada
Dos sendas se separaban en un bosque dorado;
Apenado por no poder recorrer las dos
Al ser el único viajero, largo tiempo estuve
Mirando a una tan lejos como alcanzaba mi vista,
Hasta el recodo donde la maleza se adentraba.
Después tomé la otra, igualmente buena,
Por el atractivo que a mis ojos le daba
La abundante maleza y la falta de uso,
Aunque desde donde me encontraba era cierto
Que no era mucho lo que las diferenciaba,
Que en aquella mañana igualmente intactas se posaban
Las hojas que ambas sendas cubrían.
Así pues, ¡guardé la primera para otro día!
Y sin embargo, sabiendo que una senda a otra conduce,
Dudé si alguna vez debería volver.
Algún día, en algún lugar lejano,
Sin duda diré con un suspiro de alivio:
Dos sendas se separaban en un bosque, y yo
Tomé la menos usada.
En eso estará la diferencia.
Grito mi silencio, en la negrura de la noche y en mi soledad, descansa mi sentir; grito mi silencio, en este derroche andar misterioso, de mi vivir.
La voz de mi alma, se halla atormentada veo un mundo, envuelto en injusticias; un árbol rojo se derrite en la nada, muere de un niño, su bella sonrisa.
Al ser forzado y atrozmente abusado en dolor, se torna su corta vida, mas aun vive un tanto esperanzado de su calvario, encontrar una salida.
Su coartada voz, descansa en el silencio de aquellos cómplices que en ignorancia, permiten estos abusos sigan ocurriendo van con su egoísmo sin hacer nada.
Grito mi silencio, como un claro mensaje los niños son esperanza del mundo. Si piensas como yo, te pido te levantes eleva tu voz, en un cantar seguro.
Lucha, paz, amor por nuestros niños sinónimo de amor y gran alegría; cuidarles, ofrecerles seguro destino ayudarles, devolverles su sonrisa.
Grito mi silencio… (Francisco J. Cartagena Mendez)
Es decir, tiende a mantener un estado de ánimo estable. En palabras más sencillas, su hijo no es nada llorón. ¿Cómo que no, si se pasa el día llorando? Los niños pequeños, es cierto, lloran más a menudo que los adultos y por eso solemos decir que los niños son llorones. ¿Y si resulta que, simplemente, tienen más motivos para llorar? «Es que lloran sin motivo», me dirá usted. «Lloran por cualquier tontería. » Lloran, según la edad, porque se les cae una torre de piezas de construcción, porque no les compramos un helado, porque les llevamos al médico, porque no vamos cinco minutos, porque no encuentran la teta a la primera, porque les cambiamos el pañal, porque les secamos el pelo... Ningún adulto lloraría por esas cosas, desde luego. ¿Y por qué lloraría usted? Haga un experimento: siente en su regazo a su hijo de uno o dos años y dígale las cosas más tristes que se le ocurran: «Te van a hacer una inspección de hacienda. » «Te han despedido del trabajo. » «Te están saliendo unas patas de gallo espantosas. » «Tu equipo de fútbol baja a segunda... » No llorará. Las cosas que nos hacen llorar a los niños y a los adultos son totalmente distintas. Entre las cosas que con más frecuencia hacen llorar a un niño pequeño están: — Separarse dos minutos de su madre. — Intentar hacer algo que no le sale. — Notar algo raro y no saber qué es. — Necesitar algo y no saber cómo conseguirlo. Todas ellas son cosas, para su desgracia, que pueden ocurrir (y ocurren) varias veces al día. En cambio, las cosas que nos hacen llorar a los mayores ocurren sólo de tarde en tarde. Por eso parece que somos menos llorones, pero no es cierto. Si nuestro equipo bajase a segunda varias veces al día, si nos despidiesen del trabajo cada mañana, si se muriesen cada día varios de nuestros mejores amigos, nos pasaríamos también el día llorando. (Dr. Carlos Gonzáles)