sábado, 23 de agosto de 2014

Queridos Niños del Mundo…

Les escribo estas breves líneas para saludarles.
Está bien, no solo les saludo también quisiera, en nombre de todos los adultos, pedirles perdón.
Sí… perdón.
Les pido perdón por creernos superiores, por creer que ustedes no tienen derechos, por utilizar el “título” de hijos como “sello de ganado” que los convierte, según nosotros, en nuestra propiedad.
Les pido perdón por no saber escucharles, por no tomar en serio lo que dicen, por burlarnos de sus sueños y fantasías, por querer convertirles en.… nosotros!
Les pido perdón por nuestra mala memoria, por haber olvidado que un día también fuimos niños, por haber dejado atrás su maravilloso y mágico mundo, por haber dejado de jugar, de saltar... de sonreír.
Les pido perdón por nuestra arrogancia, por querer tener siempre la razón, por pretender tener evidencias y pruebas tangibles de todo, por no saber reconocer y honrar nuestra propia ignorancia.
Les pido perdón por el maltrato, por creer que los golpes y gritos enseñan, por pensar en “amaestrarles” más que en dejarles ser, por querer moldearlos a nuestra conveniencia.… por favor, perdónennos.
Les pido perdón por los castigos, por pretender que son beneficiosos, por pensar que algo bueno queda de ellos, por utilizarlos como excusa para no tener que usar nuestro ejemplo como modelo y guía.
Les pido perdón por las guerras, por creer que las banderas importan, por creer ser mejores que otros, por explotar a los débiles, por pisotear y excluir  a quienes piensan de forma distinta.
Les pido perdón por el daño que hemos hecho al planeta, su casa. Por creer que somos dueños de algo, por sobrevalorar las posesiones, por no saber cuidar la herencia que a ustedes, y a quienes vienen detrás de ustedes, pertenece.
Por todo esto y más, les ruego nos sepan entender.
Un día olvidamos pensar como niños y nos creímos perfectos.
Un día cambiamos nuestra risa por el rencor y la tristeza.
Un día alguien nos convenció de que el mundo era un circo dantesco donde gana el que golpea más fuerte.


Un día… ¡Ay, qué día aquel!, dejamos de subirnos a las nubes y adoptamos esas máscaras  que nos hacen sentir tan seguros.… 
¿Dije seguros? bueno... ya no lo creo tanto! 

Con amor, su amigo de siempre... Elvis Canino

jueves, 14 de agosto de 2014

Tiempo de Calidad en Familia!


El tiempo que dediquemos a nuestros hijos siempre será invaluable. De la calidad del mismo dependerá lo cerca o lo lejos que se encuentre su mundo del nuestro, y la facilidad o dificultad con la que podamos comprendernos mutuamente en el transcurso de la vida.

Algunas personas piensan que dar tiempo a sus hijos significa inundarlos de cosas materiales para que estén distraídos o simplemente sentarse con ellos a ver la televisión cada noche sin cruzar una palabra.
La calidad de la comunicación es sumamente importante en cualquier tipo de relación afectiva. Una relación sin comunicación es una relación enferma, se va degradando a medida que pasa el tiempo y generalmente termina colapsando sin que ninguno de sus miembros pueda hacer mucho por recuperar los pedazos.

Los adultos, normalmente olvidamos aprender a escuchar a los demás. Oímos, más no escuchamos. Andamos dando carreras para poder cumplir con todos, pero no nos damos un respiro para entender las señales que nos manda nuestro cuerpo, las alarmas que se encienden en nuestro hogar, los gritos de auxilio que nos envían nuestros hijos.

Si seguimos cegados por el trabajo y los deberes, y seguimos postergando el sentarnos a escuchar a los niños con atención, tarde o temprano crecerán, se irán y harán sus propias vidas; será entonces cuando vendrán los arrepentimientos y pensaremos: “…Si hubiese trabajado un poco menos, y disfrutado más de mis muchachos…”

No esperes a que esto suceda, disfrútalos ahora, bésalos ahora, abrázalos ahora, escúchalos ahora, juega con ellos ahora. Por supuesto que debes dedicarte a tu trabajo y a tus rutinas, pero no dudes en sacar todo el tiempo que puedas para disfrutarlos ahora, es más, dales siempre la prioridad en tu agenda.

La mayoría de los adolescentes establecen barreras impenetrables para con sus padres, justamente por no haberse establecido un sano nexo comunicacional desde la infancia. Sintiéndose libres de expresarse solo en compañía de amigos y en las llamadas tribus urbanas, donde se establecen vínculos basados en la libertad de “ser ellos mismos”, cosa que jamás han sentido en casa.

Las distracciones domésticas y la agenda laboral, de no ser compensadas con mucho tiempo compartido, comienzan a crear una especie de brecha comunicacional y afectiva que se va haciendo cada vez más grande. Un abismo enorme se forma entre nuestro mundo y el de nuestros hijos, al extremo de convertirnos en perfectos extraños viviendo bajo el mismo techo.

Afortunadamente existen muchísimas actividades que pueden convertir estos momentos compartidos en un verdadero disfrute para todos. La idea es pasarla bien, no haciéndolo por cumplir como si de una obligación se tratara, ya que esto le quitaría lo placentero y terminaría fastidiándonos y haciéndonos regresar a las rutinas.

Cada familia, según los gustos y hobbies de quienes la conforman puede programar su propia agenda de actividades, haciendo énfasis en el disfrute de todos.

Lo importante es crear lazos de amor indestructibles, realizando actividades sencillas y al alcance de cualquiera. Aprendiendo a ser padres, a ser hijos, creciendo juntos como familia.

Acá pongo como ejemplo mi propia lista personal. Quizás alguna de las actividades que en ella se encuentren te guste y termines incluyéndola en tu agenda.

1) Lectura en familia:

¿Cuántas horas pasan tus hijos frente al televisor? Sería mejor invertir más tiempo en leer juntos, bien sea un cuento, una revista, o cualquier cosa que haga de un rato de lectura una oportunidad de compartir, reír e imaginar juntos.
Enséñales que la lectura puede ser amena y agradable, si ven que de verdad lo disfrutas, mejor aún. Además si reemplazas tu propio hábito de ver demasiada televisión por el de leer más, te harás un favor, pues en vez de seguir dejando que otros piensen por ti, cada vez te provocará menos estar hipnotizado frente a la “caja loro”.
Recuerda que somos modelo a imitar por nuestros hijos, no se trata de caer en prohibiciones autoritarias, sino de mostrarles que existen alternativas más enriquecedoras, y por supuesto de predicar con el ejemplo.

2) Sembrar un árbol:

Otra excelente oportunidad de pasar un buen rato con tus hijos, enseñarles a amar la naturaleza (cosa que ellos hacen mejor que nosotros) y hacerlos conscientes de la importancia de cuidar el planeta en que viven.
Además, estar en contacto con la tierra es excelente terapia para relajarse, eliminar el estrés y ser niño de nuevo. Para los pequeños es maravilloso ver a sus padres permitiéndose ser niños, reconectándose con ese chico al que a veces relegamos a un rincón de nuestra alma. Esta actividad me ha ayudado enormemente a apreciar mejor las cosas sencillas que enriquecen y dan sabor a la vida.
Sembrando un árbol con tus hijos sellas también una especie de pacto de amor entre ellos, la tierra y tú.  Pocas actividades están tan llenas de magia como esta.

3) Jugar en el suelo:

¿Desde cuándo no te permites jugar en el suelo? ¿Olvidaste lo placentero que es? ¿Olvidaste que no hay nada de malo en ensuciarse o mojarse en un charco?
Deja ya de privarte de actividades tan placenteras como ensuciarte en el suelo, saltar sobre el fango o jugar bajo la lluvia. Cuando estés despidiéndote de este mundo, te aseguro que lamentarás no haber dedicado más tiempo a realizarlas, especialmente en compañía de tus hijos.
Además, la mejor herencia que puedes dejar a tus hijos es la capacidad de experimentar cada momento de la vida como si de un milagro se tratase, pues efectivamente la vida es eso, un milagro.

4) Mirar las estrellas:

A mi hija, a mi esposa y a mí nos encanta esta actividad; verlas y contarlas. Contemplar el cielo es algo muy hermoso y relajante. Además te enseña a apreciar lo insignificantes que son los problemas humanos en comparación con la infinitud del universo.
Me gusta pensar que la misma fuerza que sostiene todo el universo moviéndose en perfecta armonía, puede asistirme siempre que crea tener un problema.
Las estrellas me enseñan a no angustiarme en las dificultades,  a confiar en que no estoy solo, y me recuerdan que mi presencia en la tierra tiene un porqué.

5) Inventar y contar historias:

Una oportunidad muy provechosa para el desarrollo de la imaginación,  y para incentivar la comunicación y la confianza entre padres e hijos.
Inventar historias es una de las actividades que más disfruto, crear personajes, situaciones, mundos.
La imaginación  de los niños es inagotable, su mundo se crea y recrea a cada instante. Algunas personas censuran las historias que inventan sus hijos,  llamándoles mentirosos e invitándolos a la “cordura”. Me entristece mucho presenciar esto, pues es así como se mata la inocencia y se invita a vivir sumergido en el Ego desde muy temprano.
Que distinto sería nuestro mundo si el entorno no se empeñara tanto en exigirnos ser “realistas” desde nuestra infancia.

6) Adoptar y cuidar un Animal de compañía:

Adoptar un animal de compañía exige nuestro compromiso a amarlo y cuidarlo de por vida. No se lanza a la calle a un miembro de la familia cuando ya no tiene gracia o cuando nos aburrimos de él.  Si lo que queremos transmitir a nuestros hijos son principios y valores, pienso que el primero de la lista debe ser la responsabilidad y es respeto por la vida.
Los animales, como perros y gatos por ejemplo, se integran fácilmente a la familia o a la manada, como prefiero llamarla. Los niños tienen una empatía natural con ellos. Somos nosotros, los adultos quienes transmitimos nuestros propios prejuicios de generación en generación.
Un niño nunca rechazará la idea de jugar con un gato o con un conejo, nunca lo verán como un ser inferior sobre cuya vida tenemos o creemos tener derecho.  Están libres de prejuicios y muy conscientes de que todos somos uno. Más de lo que la mayoría cree.
Por eso siempre insisto en que no hay mejores maestros. Nuestra incapacidad de escuchar con seriedad lo que ellos nos enseñan con sus acciones nos estanca y nos impide avanzar y superarnos como especie.
Amar y cuidar de los animales nos hace mejores personas, nos permite practicar la compasión y el respeto a la madre naturaleza y a cada una de sus creaciones. Transmitirlo a las próximas generaciones nos ayudará construir un mañana mejor.

7) Dar caminatas al aire libre:

Caminar y respirar aire puro son una excelente oportunidad para despejarnos, renovarnos y reconectarnos con la naturaleza. Cuando vivimos en centros urbanos, cualquier espacio verde es una especie de oasis en el que podemos sentir de cerca un pedacito de naturaleza. Caminar, o aún mejor correr entre arboles es un excelente ejercicio y una oportunidad única para jugar y liberar tensiones. Los niños necesitan saltar, correr, gritar y jugar para drenar el enorme caudal de energía que circula a través de ellos ¿Y qué mejor que un espacio abierto para hacerlo? Pocas actividades serán tan favorables a nuestra salud física y mental como esta.

8) Dibujar y colorear:

Mi hija pasa todo el día dibujando y coloreando. Cuando podemos sentarnos con ella lo disfrutamos muchísimo, y ni hablar de cuando toma la tempera para pintarse pies y manos. Nuestro hogar se ha convertido en una especie de santuario artístico, puedes encontrar manchas de pintura donde menos esperes, al principio puede ser un poco incómodo, pero pienso que de eso se trata. La infancia de nuestros hijos es una sola, su felicidad y buen desarrollo vale más que una mancha en la pared o en el suelo… piensa en eso.
Dibujar y colorear con nuestros hijos es una de las mejores formas de consentir a ese niño interno que vive en nosotros. Pocas actividades nos permiten expresarnos mejor que el dibujo.  Y el gran beneficio que aportará a la creatividad e inteligencia de tus niños no tiene precio.

9) Cantar y bailar:

La música es alimento para el alma. Como dijo una vez mi querido maestro Nietzsche “Sin música la vida sería un error”.
No existe mejor forma de dejar salir el espíritu, que a través del canto y el baile, por eso los rituales mágicos de los chamanes siempre incluyen canticos y danzas.
Siempre hay una canción que nos levanta el ánimo, que nos conecta con ese lado profundo de nuestro ser, que nos eriza la piel.
Bailar es una excelente forma de relajar el cuerpo y desconectar nuestra mente. Se dice que la danza es una de las mejores formas de meditación. A los niños no se les hace nada difícil cantar y bailar, aman hacerlo. ¿Será porque no han olvidado aún de dónde venimos todos?
Creo que realizar esta actividad con ellos nos aproxima muchísimo a su mundo, ese que un día fue también nuestro mundo. ¡Bájate cada vez que puedas de tu pedestal de “adulto serio”, quítate los zapatos y a danzar!

10) Reorganizar cosas:

Reacomoda u organiza tu escritorio, una gaveta o tu espacio de trabajo permitiéndoles que te ayuden. Permíteles tocar, desordenar, preguntar. Sentirán que confías en ellos y que les permites entrar a tu espacio.
Explícales de forma amena y sin amenazas, cuáles cosas deben tocar solo con tu supervisión y cuáles no. Los niños respetan las explicaciones más que las prohibiciones. Muchas veces con solo dejar que toquen algo una vez, puedes tener garantía de que tendrán cuidado y lo cuidarán de otros cuando estés ausente.
Constantemente escucho a padres quejándose de que sus hijos lo tocan todo, lo rompen todo, no “respetan” nada, sin darse cuenta de que sus constantes prohibiciones, restricciones y regaños son justamente lo que invita, por decirlo de alguna manera, a tan insaciable exploración.
Recuerda también que los niños nos imitan, y está de más recordarte que si quieres que respeten, debes respetarles primero. No conozco mejor forma de ganárselo que esta.

11) Sentarse a simplemente no hacer nada:

Apaga tu celular, desconecta los teléfonos, apaga todo lo que te pueda interrumpir y acuéstate en el suelo a simplemente no hacer nada. Conversa de lo que sea, mira hacia el techo, tararea alguna canción o sencillamente mantente en silencio disfrutando mutuamente de la compañía de tu familia. Es una actividad deliciosa, los niños la disfrutan mucho, meditar para ellos es algo tan natural como respirar. Puede que al principio, no se queden en silencio, es cuestión de irse acostumbrando. Pero te garantizo que a medida que lo hagan los ratos en silencio serán cada vez más largos.
El silencio nos reconecta con nuestro yo interior, nos permite escucharnos y reconocernos. Y experimentarlo en compañía de quien amas, aunque sea por ratitos, es una experiencia de otro mundo. No me creas, compruébalo por ti mismo.

Como ves hay muchísimas oportunidades para compartir momentos ricos y enriquecedores con nuestros hijos, ninguna inversión es tan rentable como el tiempo de calidad que dediquemos a nuestra familia. El Mundo del Ego en que vivimos se empeña cada día en mantenernos separados, distraídos, controlados. No permitas que el tiempo se lleve las oportunidades de amar sin límites, no esperes a mañana para lamentarte por no haber hecho las cosas distintas hoy.

Cada día es una oportunidad para afianzar los lazos de amor, para reaprender, para crecer, para vivir en la magia… y nada más enriquecedor que poder hacerlo en familia.


Por Elvis Canino

jueves, 24 de julio de 2014

El camino que nunca olvidé...


Hubo algo extrañamente revelador tanto emocional como espiritualmente, que experimenté  en mi propio “debut”  paternal y que nadie, por más que lo intentara habría podido jamás explicármelo con palabras, o por lo menos con una explicación que se acercara remotamente a lo extrañamente vivencial y “holística” que fue la experiencia como tal.
Fue una especie de reconexión o “despertar” de algo que estaba dormido y muy bien guardado en un oscuro rincón de mi alma, y que de no haber sido por el remolino de recuerdos, vivencias y sombras que comenzó a desempolvar, quizás habría pasado desapercibido como cualquiera de los “ataques de luna llena”, que suelen invadirme una vez al mes y que mi esposa suela achacar a mi naturaleza “canceriana” y un ligero toque de bipolaridad que siempre me ha hecho recordar que soy humano.
De repente, al mirarme al espejo, me encontraba frente a frente con un pequeño disfrazado de adulto, completamente aterrado, desorientado y paralizado, dudando entre sonreír o llorar cuando me atrevía a verle fijamente a los ojos.
La extraña e inesperada mezcla de emociones, el alboroto del entorno y el miedo a lo que me deparaba el futuro inmediato, me impedían ver la gran oportunidad que me estaba regalando la vida de encararme a mí mismo,  sin máscaras emprendiendo el tan necesario viaje de auto sanación que necesitaba para aligerar mi carga de sombras y convertirme en un confiable soporte emocional para la díada mama-bebe que tanto necesitaba mi apoyo en ese momento.
Y justo allí, en esa reconexión con mis propias sombras, en ese necesario período de introspección y auto-análisis fue cuando comencé a reconciliarme con el niño herido y asustado que aun temblaba dentro de mí.
Comencé a abrazarlo cada vez que abrazaba a mi bebé. Comencé a hablarle en el espejo y a decirle que todo iba a estar bien de allí en adelante. Comencé a perdonar a mis padres, mis hermanos, mis abuelos, mis tíos, mis maestros, mis “amigos” y a mí mismo (trabajo que no es nada fácil y en el que aún trato de mantenerme constante).
Todo esto me ha permitido crecer como ser humano, explorar mi propia espiritualidad, reconectarme con mi misión de vida, y desprenderme de mi propio Ego para así transformarme en quien soy, o creo ser, hoy día: un adulto con alma de niño, lo suficientemente humilde para reconocer, encarar y bendecir sus errores, siendo capaz de recorrer de nuevo, cuantas veces sea necesario, el camino que un día olvidó.
Nuestros hijos (especialmente en sus primeros años de vida) son como espejos de su entorno directo, por lo que como papás deberíamos tratar de estar lo más libre de culpas, rencores y lastre emocional que nos sea posible. Debemos recordar que para nuestros pequeños y para nuestra pareja somos algo así como una columna sostenedora. Si estamos plagados de sombras no sanadas y desestabilizados emocionalmente, obviamente no podremos ser un verdadero sostén tanto emocional, como moral y espiritual.
Pienso que esta es la clave de nuestro papel como papás. Sostener, cuidar, proteger y amar… pero sanando, creciendo y reencontrándonos. Estoy totalmente convencido de la importante que es este rol sanador de Papá en ese proyecto que me atrevería a llamar “La nueva familia”, responsable de construir granito a granito el nuevo Mundo. Ese mundo en el que la violencia, el desamor y el Ego ya no deberían tener cabida. En el que cada uno de nosotros debería reencontrar su camino...
Por Elvis Canino

viernes, 4 de julio de 2014

Nuestros mejores Maestros!


A medida que nuestros hijos vayan creciendo, escucharemos siempre a alguien preguntándonos por su educación, que si van en la escuela, que si sacan buenas notas, que si se portan bien, etc. Tampoco falta una sugerencia ocasional (que no siempre es tan ocasional) de lo importante que es la disciplina, los buenos modales y el criar “niños modelo”, como los crió “fulano”, “zutano” o “perencejo”.
Tendrás dos elecciones: o hacerles caso y sufrir; o dedicarte a criar a tus hijos con amor y como te lo dicte el corazón, y disfrutarlo además.
Yo elegí la segunda y no arrepiento, ni por un momento.
En lo que coincidirá la mayoría de los “opinólogos” (o por lo menos de los que siempre me he encontrado en el camino) es en la importancia de enseñar a los niños a que en el “Mundo Adulto”, la razón siempre la tienen los adultos y punto (¿te suena?).
Es muy probable que escuchemos también que la escuela lo es todo, que el éxito lo es todo, que la aprobación lo es todo, que la apariencia lo es todo.
Habrá también quien te sugiera que mientras más temprano los escolarices, más oportunidad de socializar tendrán. Serán más independientes y no se convertirán en niños mimados que no se despegan de la falda de la madre (¿de nuevo te suena?).
Lo cierto es que si decides criar diferente al resto. Con mucho abrazo, mucho beso, mucha tolerancia, sin violencia, sin castigo, con amor y apego  en abundancia, pues tendrás que acostumbrarte a la mirada inquisidora del entorno, cuya mayoría obviamente no aplaudirá tu decisión. Y muchas veces este entorno estará compuesto por nuestros familiares y amigos más cercanos, lo que hará más dolorosa y difícil la situación.
Hoy día, a pesar de ver constantemente a nuestro alrededor las contundentes pruebas de que los viejos y obsoletos métodos disciplinarios solo han creado un montón de personas con el ceño fruncido, estresadas, enfurecidas y enfermas; muchos parecen juzgar los derechos del niño y las leyes que los protegen del maltrato por ser, según ellos, el principal causante de la “malacrianza” y del “libertinaje”, males que se habrían evitado, según su opinión, con una “buena corrección a tiempo”.
Lo peor es que según palabras de algunos (incluso de educadores y “profesionales” que conozco), el caos actual en que se encuentra sumergida nuestra humanidad se debe a la “falta de látigo” (No se imaginan lo que me entristece escuchar cosas así, como padre y como ser humano).
Aunque este escrito no fue hecho para buscar culpables ni mucho menos, considero un deber como o padre y como defensor de la crianza amorosa, analizar el papel que juega la sociedad Patriarcal en esta especie de desconexión con nuestra esencia, en la que parecen sumergirnos desde las escuelas hasta los medios de comunicación más “inocuos” (al menos en apariencia).
Basta echarle un solo vistazo a nuestra realidad para darnos cuenta de que estamos obligados a darle un giro al timón. No hace falta ser un profeta del desastre para poder vaticinar lo que nos espera como humanidad de no aplicar un cambio urgente a las reglas de juego.
Nuestro mundo se ha convertido en un paraíso de “egos suicidas”, separados unos de otros, distraídos y cada vez más acostumbrados a que alguien piense por nosotros. Consumiendo y consumiéndonos en una loca carrera hacia nuestra propia aniquilación.
Hemos perdido el respeto por la vida y nos hemos acostumbrado a mirar de forma indolente, a veces con un control remoto en la mano y muy cómodos en nuestro sillón, la deforestación, el sacrificio indiscriminado de miles de especies, la contaminación, la destrucción o explotación del más débil, la alienación de las masas y el constante bombardeo de “antivalores” que día a día nos alejan más y más de nuestra verdadera naturaleza y nos van convirtiendo en esa sociedad autómata, indolente y resignada que describió tan bien Aldous Huxley en su “Mundo Feliz”.
Hemos permitido que los valores “de turno” sean dictados por la moda y la televisión, ultima voz en cuanto a decidir cuáles serán los estereotipos sociales aprobados. Dictaminando ésta quién encaja y quién no. Creando las etiquetas e invitándonos a mantener a raya a todo aquel que piense distinto, a menos que se acople a la fila, y marche al ritmo dictado.
En la escuela se nos enseña a obedecer, a caminar en formación, a pintar las hojas verdes y el cielo azul porque así debe ser y punto. Se nos premia cuando cumplimos y se nos castiga cuando nos rebelamos. La puntuación y las medallas nos revelan quienes somos, y por supuesto todo nuestro futuro dependerá de cuanto éxito y aprobación acumulemos.
Y no solo es el entorno, los padres también contribuimos: exigiendo, saturando de actividades, tratando a los niños según su rendimiento escolar y colgando sus medallas y trofeos como si esto nos demostrara “lo bien que ellos lo hemos hecho”.
Muchas veces valorándolos según la opinión de sus maestros. Profanando su tiempo libre con montañas de tareas escolares y actividades extra-curriculares. Para así mantenerlos ocupados todo el día “por su propio bien”.
Como seres humanos tenemos un terrible estado de emergencia. Estamos a punto de destruir todo lo que existe en el mundo material por culpa de nuestra codicia, nuestra arrogancia y nuestra necedad.
Los niños siempre han venido a recordarnos quienes somos, pero nuestra sociedad utiliza sus mejores armas para desconectarlos de su esencia y convertirlos en lo que nos convirtió a nosotros, en egos suicidas.
Deberíamos imitar más seguido a los niños, parecernos más a ese pequeño que un día fuimos. Deleitarnos en todo, sonreírnos por todo, andar menos afanados y más despreocupados, sin rencores, sin esa memoria rencorosa, sin esa malicia y ese deseo constante de competir con todos.
Como padres, y sin necesariamente desconectarnos totalmente de nuestros quehaceres y deberes del día a día, podríamos dedicar más tiempo a reaprender de nuestros propios hijos y de cuanto niño se nos presente en el camino. Ellos tienen una facilidad increíble para percibir si te has quitado tu máscara egocéntrica de adulto.
Es solo entonces cuando te abren las puertas de su mundo para que lo explores. Para que te maravilles con sus colores ¿y por qué no? Para que le agregues un poco de los tuyos, para que crees puentes, incluyas personajes y te deslices de nuevo sobre esos deliciosos arcoíris que un día alguien decidió que debías dejar atrás.
Permitirte ser niño cada vez que puedas te ayudará a recordar quién eres y a qué viniste al mundo. Te permitirá poner más colores todo lo  que te rodea, y facilitará increíblemente la comunicación con tus hijos, demoliendo cualquier obstáculo que se atraviese entre su mundo y el tuyo.

Por Elvis Canino

miércoles, 25 de junio de 2014

Papá, un bastión emocional


Para nadie es una novedad que vivimos en un mundo muy veloz, gobernado por la competitividad, la sed de triunfo y la ambición. Donde somos quienes somos, o quienes creemos ser, según nuestro éxito y lo que poseemos. Donde hace ya bastante tiempo olvidamos el placer de caminar descalzos y sentir la grama bajo nuestros pies. Donde se subvalora  la inocencia y se sobreestima el conocimiento. 
Un mundo científico, racional y práctico capaz de mofarse con la mayor de las sañas de un sueño que no encaje dentro de sus parámetros aceptados; dispuesto siempre a condenar y a execrar  lo que no pueda ser comprobado en un laboratorio; a alabar lo superficial y a ignorar lo mágico; a dar la espalda a lo natural para abrazar con firmeza lo artificial. Donde la ciencia sepultó a las parteras y exilió a los chamanes, para endiosar a los doctores y poder vender sus pastillas. Donde la familia ha sido reemplazada por artilugios electrónicos y estrictos horarios de escuelas y oficinas.
Miramos el reloj y damos valor a cada minuto en base a lo que producimos. Ajustamos el tiempo a nuestra conveniencia y convertimos en trofeo todo lo material.  Vivimos rodeados de estrés,  mal humor, respuestas hostiles, paranoia, temor, agresividad, egoísmo, enfermedades, adicciones, y una infinita lista de condiciones opuestas al amor, que es en sí, nuestra verdadera esencia.
Si te observas  a ti mismo y a quienes te rodean con el corazón activado y desconectado de la razón; no verás otra cosa que niños asustados y confundidos, atrapados en cuerpos adultos.  Niños que se autodestruyen, se autocensuran, se autocondenan y se autolimitan, como admitiendo una necesidad de “ser castigados” para poder ser aceptados por el mundo.
Niños a quienes no siempre se les permitió ser niños, pero sí se les empujó a crecer, a madurar y a encarrilarse en la fila. A quienes muchas veces en nombre de la etiqueta y las buenas costumbres se les castigó o maltrató. A quienes no se les permitía explorar, romper cosas, desobedecer o cuestionar por ser consideradas todas estas, conductas antisociales y de mal gusto.
No es nada raro que en este mundo tan “patriarcalizado” el apego y el amor sean mal vistos cuando de paternidad hablamos. Los valores que se nos programan apuntan más a un autoritarismo y a la inexpresión de las emociones humanas.
Se nos reprime desde muy pequeños y crecemos escuchando cosas como que los hombres no lloran, que no expresan ternura, que no juegan con muñecas, que no usan ropa color rosa, que deben ser “machitos”. Y así vamos más bien adaptándonos al mundo con cierta frialdad o desconexión emocional que nos permite subsistir “entre otros machos” sin ser golpeados.
Y es por eso que en algunos casos no logramos totalizar la fusión emocional necesaria en la que debería sostenerse esa tríada conformada por papá, mamá y bebé. Ya que al no poder conectarnos con nuestras propias emociones, muy difícilmente podremos comprender  las de nuestra pareja, y por ende las del fruto de nuestra unión.
Como papás somos piezas clave en la construcción de un Mundo mejor. Por un lado tenemos niños que llegan como una esperanza, como una promesa de que las cosas no tienen por qué seguir siendo como han sido hasta ahora, como una lucecita al final de un largo, pesado y a veces no muy iluminado túnel llamado vida.
Por otro lado tenemos Madres que sirven de puente entre éstos y el mundo físico, y que con su contacto, su ternura y su presencia no solo les dan la bienvenida sino que les garantizan que su estadía no tiene por qué ser fría y desagradable, sino por el contrario que la vida puede ser un camino enmarcado por la confianza, el amor y la entrega total.
Y sosteniendo el cuadro estamos nosotros, Papá: el bastión, el soporte, la estructura, los cimientos sobre los que la familia deberá afianzarse. Una especie de conexión entre lo espiritual y lo material, entre la calidez de adentro y la frialdad de afuera.
Nuestro papel debería ser el de mediadores entre el mundo acogedor de la madre puérpera y el bebé, y el mundo rápido, ruidoso y a veces inhóspito de la calle, el trabajo, las responsabilidades y toda la avalancha de emociones y reacciones que vienen implícitas en el día a día.
Es allí cuando entra en juego la importancia de nuestra salud y estabilidad emocional, ya que además de sostener deberíamos transformarnos en una verdadera fortaleza, que soporte toda la carga y ataques del exterior, permitiendo con esto que mamá y bebé puedan tener la paz que tanto necesitan en este período en el que la marea está volviendo poco a poco a su nivel. Esa marea de emociones encontradas de sombras develadas, de encontrarse perdidos, de conocerse y afianzarse mutuamente… esa marea emocional que desde el embarazo ha soportado todos los vaivenes hormonales, psicológicos, morales espirituales y hasta biológicos, que muchas veces por no ser contenidos y guiados por el amor y el apoyo del entorno, pueden llevar a severas depresiones y hasta a la pérdida de identidad en la tríada Papá- Mamá-Bebé.
Por eso siempre he insistido en que la Lactancia materna y el período de puerperio, no es algo que se lleve entre dos sino entre tres. Por lo que en los casos de ausencia paterna, siempre deberíamos contar con una figura que permita llenar este vacío y hacer la misma función de bastión.
Recordemos que el entorno social y familiar muchas veces se impone e invade el espacio sagrado en el que mamá y bebé deberían integrarse en perfecta armonía y tranquilidad. Siendo a veces hasta cruel en su intromisión, aunque la mayoría de las veces lo haga de forma inconsciente.

Por lo que es Papá quien debería en su propio autodescubrimiento y sanación, abandonar su papel infantil de hijo, nieto, sobrino o lo que sea que le limite o paralice, y asumir su rol de defensor apoyando, defendiendo y sosteniendo con firmeza esa paz en la que debe afianzarse el núcleo de lo que será de ahora en adelante su pequeña tribu de amor.
Por Elvis Canino