viernes, 6 de junio de 2014

Aclarando unos puntitos… (1ra Parte)


“Hola, he venido a hablarte en nombre de todos los niños y niñas del Mundo; y en el mío, por supuesto. Y quisiera comenzar aclarando algunos mitos que se tejen en torno a la infancia. Sabrá Dios quién fue el primero que los puso a rodar, pero la verdad nunca nos ha favorecido ni un poquito, al contrario, no hacen más que “mal ponernos” y justificar lo injustificable en cuanto al mal trato al que la mayoría ha querido que nos acostumbremos.

El primero es el de la manipulación. ¿De verdad piensas que hago las cosas con la intención de manipularte y lograr mis (según algunos) mezquinos deseos? ¿Te han convencido de que cuando lloro, tengo una rabieta o manifiesto mi descontento, mi única intención es la de fastidiarte el día? ¿Te has puesto a pensar el por qué las pataletas y rabietas de adultos (Y mira que son muchas) son justificadas mientras las nuestras con condenadas, mal llamadas y hasta ignoradas? Y eso en el mejor de los casos, pues el primer consejo que seguramente has recibido es el de "ponerme en mi lugar" a tiempo, para demostrarme de una vez quién manda.

Pues te quiero contar algo al respecto: mis rabietas, mis pataletas, mis enojos y mi llanto lo que persiguen, en primer lugar, es hacerte saber que estoy acá, que algo no me gusta, que necesito un abrazo, que necesito que me escuches, que tu aprobación es importante (IMPORTANTÍSIMA) para mí, que te amo, que te necesito, que requiero de tu tiempo y atención, que deseo ser escuchado, que quisiera que trabajaras un poco menos y, de ser posible, jugaras conmigo un poquito más.

En fin, la lista sería interminable. Sé que a veces aguantas mucho de tu jefe, de tus suegros, de tus vecinos, del señor entrometido que viaja en el asiento de al lado, del cliente extremadamente exigente que te presiona todo el tiempo, de la situación del mundo, y hasta de tus propios padres, en fin, de muchísima gente que también necesita ser escuchada y atendida, pero recuerda que yo soy tu hij@.

Mi necesidad de ti no es capricho o un antojo; es una necesidad vital. Tu atención para mí es tan importante como el agua y el sol lo son para las plantas. Mi salud, mi desarrollo psico-emocional, mi vida entera se construye sobre el trato que recibo de tu parte. Por favor, no dejes que los cimientos y pilares sobre los que creceré estén llenos de temor a ti, de rabia, de tristeza o de resentimientos que luego me costará muchísimo sanar.

Regálame aquello que tanto, y de verdad necesito…

Regálame tu tiempo, regálame tu amor, regálame tus brazos y tu mirada comprensiva. Necesito (Y lo digo en serio, lo necesito mucho) saber que siempre estarás allí para mí, en las buenas y en las malas… me porte como me porte.

Gracias por leerme. Me voy a jugar, a ser feliz y a pensar en ti, porque te amo tanto... y eres mi mundo… ¿Qué digo mi mundo? Eres mi Universo. 

Te amo tanto, que siempre estoy dispuest@ a perdonarte por el pasado. No te sientas mal, todos tenemos derecho a equivocarnos, y (afortunadamente) a rectificar.

Aún estamos a tiempo de ayudarnos mutuamente a crecer y a ser felices. Porque ambos lo merecemos!

Atentamente, y sin más que agregar... por ahora

Tu hij@”


Por Elvis Canino

miércoles, 15 de enero de 2014

Unas palabras...



Es increíble la cantidad de ofensas y amenazas que se puede recibir cuando se opta por defender causas como el Maltrato infantil.

Se remueven muchas heridas y viejas llagas, al parecer.

Igualmente el activismo por causas como el respeto a la vida, la lactancia materna y la crianza amorosa de los niños parece abrir compuertas infernales de odio dentro de muchas personas, y no los culpo pues comprendo que no son sino víctimas de sí mismos y del estilo de crianza y valores que recibieron en sus primeros años de vida (Justo por eso defiendo tanto a quienes aún transitan por esos primeros días de existencia).

Escribo esto porque quizás muchos dirán que me encanta hablar y defender el amor solo porque soy una especie de Hippie come flor (Que sí lo soy, por cierto...jajaja) y porque llevo mucha "cursilería" dentro (De lo que también me declaro culpable), pero la verdadera razón por la que toco tanto el tema es que mi único escudo, refugio, fuente de vida e inspiración es justamente esa... el Amor.

Creo que sin esa dosis diaria de Amor, hace mucho tiempo habría tirado la toalla o me habría resignado a pensar solo en mí y en mis propios intereses en vez de gastar mi tiempo en la defensa y promoción de aquello en lo que creo.
También escribo esto porque sé que hay muchos activistas defendiendo causas, que también reciben constantes ataques, denuncias, bloqueos, amenazas, ingratitud, burlas y hasta la exclusión por parte de quienes ya no consideran divertida su compañía.

Cuando la Tormenta arrecie, recuerden que no están solos.

Cuando se sientan amenazados, agredidos, humillados y poco apreciados, recuerden a aquellos por quienes justamente han decidido luchar, las causas por las que han decidido tomar este difícil y nada cómodo camino del activismo y las razones que los han llevado a ello.

Recuerden que antes de ustedes otros han soñado lo insoñable y han creído lo increíble. Y en muchísimas ocasiones se sintieron igual o hasta peor… pero el tiempo les demostró que valió la pena.

También recuerden a aquellos que no vieron materializados sus sueños, pero dejaron las semillas e ideas para que otros lo lograran más tarde.

Así que a insistir, a seguir poniendo granitos de arena, a levantarse de las caídas, a aprender de los propios errores, a no juzgar, a evaluarse constantemente, a ser humildes… y lo más importante: A darse diariamente dosis de Amor.

Aprendamos de los Maestros que nos precedieron… siempre encontraron una razón para seguir creyendo y para amar lo que hacían y en lo que creían.

¿Han experimentado la sensación de despertar en la mañana diciéndose a sí mismos: “Sí… el Mundo puede ser mejor”?

Pues si no lo han hecho, aún están a tiempo!




Por Elvis Canino

miércoles, 8 de enero de 2014

¿Amar u obedecer?


¿Amar u obedecer? Me he hecho esa pregunta muchas veces y aunque sé que es algo relativo, no puedo dejar de contemplar el cómo, en la mayoría de los casos, se inclina la balanza hacia la segunda opción: la obediencia.
Siempre escucho comentarios como: “¿Y cómo hago para que me obedezcan?” “¿Cómo los controlo?” “¡Son terribles, no me hacen caso!” “¡Hay que enseñarles quién manda!”.
Y no estoy juzgando a nadie. ¿Como culpar a quien no es más que una victima de la forma en que fue criado y/o educado?
¿Acaso no nos han enseñado y re-transmitido generación tras generación que un niño desobediente es un “niño malo”?
¿Que cuando los adultos hablan, los niños hacen caso... y punto?
¿O que Santa Claus, los Reyes Magos y el Niño Jesús solo dan regalos a aquellos niños que han obedecido?
¿No nos premia la escuela por ser obedientes mientras nos castiga o sub-valora por desobedecer?
¿No nos han repetido una y otra vez que solo el castigo enseña?.
Pienso que es un poco difícil obviar y "reprogramar" tanta mala información retransmitida y heredada desde el Adultismo; especialmente cuando la Sociedad en que hemos crecido, y donde vivimos, parece depender de cierta desinformación para su subsistencia…
¡Pero he dicho que es difícil, no que es imposible!
Creo que una de las primeras tareas que hemos de ponernos si decidimos criar y/o educar niños con amor, comprensión y respeto es desaprender lo que se nos ha inculcado en el pasado. Sin dar este paso será muy, pero muy difícil llevar las cosas... especialmente en los momentos de crisis.
Desaprender y re-conectarnos con nuestros instintos y lo que nos dicta el corazón es la clave, no solo para poder criar con amor y respeto a nuestros hijos y/o alumnos, sino también para re-aprender (valga la redundancia) a querernos y a respetarnos a nosotros mismos.
Sin esto último, lo otro será mucho más complicado.
Solo si dejamos de hacer caso a las voces del Ego que se instalaron en nuestra psique en la primera infancia y que nos repetían frases que nos limitaban, reprimían y programaban negativamente para que fuésemos “niños buenos” (o lo que es lo mismo: obedientes sumisos), seremos verdaderos adultos libres, seguros de sí mismos y absolutamente independientes de la opinión de los demás.
Únicamente así seremos vistos por nuestros hijos como una verdadera AUTORIDAD y un ejemplo a seguir.
Ellos sabrán que son guiados por alguien que no teme, y que de verdad representa la madurez (y la seguridad) que solo la verdadera libertad concede.
Así sabrán que hay normas de convivencia y parámetros de respeto... Pero lo sabrán desde el ejemplo.
Y créanme, el ejemplo es muchísimo más convincente y permanente que la imposición o el autoritarismo.
Por eso, antes de inclinarnos hacia la obediencia ciega, como meta de la "educación" para con nuestros niños, vale preguntarnos qué es lo que realmente deseamos dejarles como herencia.
Si la vieja costumbre de obedecer porque así se hacen las cosas, existen reglas y punto.
O, mejor aún, la capacidad de discernir, razonar (con el corazón) y empatizar (ponerse en los zapatos del otro) con su entorno… siempre.
Creo que sólo la segunda opción es compatible con ese mundo de paz, cooperación y verdadera libertad para amarse y amar al prójimo que tanto anhelamos... y que tan urgentemente necesitamos.

Por Elvis Canino

miércoles, 18 de diciembre de 2013

¿Autoridad?


A menudo tendemos a confundir el Autoritarismo con la Autoridad. Escucho a muchos padres decir cosas como: “Mi padre era toda una AUTORIDAD en casa, sabíamos que si nos equivocábamos recibiríamos una tunda y por lo tanto nos andábamos con cuidado”; o “Cuando los adultos hablan, los niños callan”… por solo citar algunas de las más comunes.

Y a eso me refiero. ¿Es eso Autoridad? ¿Es eso Respeto?

Pues no.

Eso es Miedo, temor… TERROR.

Eso, justamente es Autoritarismo puro: Imponerse porque sí, nunca escuchar, nunca negociar, nunca tomar en serio al otro por considerarlo inferior o por creer que no tiene derechos, por lo menos no los mismos que la figura que se impone.

Algunos Padres y Educadores me han insistido en que respetar a sus hijos y/o alumnos implicaría perder la “autoridad” y por supuesto el control. Y pienso que justamente de eso se trata. La mayoría de los adultos lo que desea es tener el control sobre los niños.

Mucha gente acude a talleres, cursos y charlas sobre manejo de rabietas, por ejemplo, esperando a recibir claves secretas para ejercer el control y para lograr que los niños se comporten sólo como ellos (Los adultos) lo deseen.
A ver… Entonces ¿Cuál sería la verdadera Autoridad?

Pues aquella que se gana con Respeto.

¿Cómo?

¿Con Respeto?

Sí, pero con Respeto... respetando.

Los niños solo "respetan de verdad" a quien les respeta; a quien les escucha; a quien siempre está allí, en las buenas y en las malas… Sin condiciones.
Otro punto importante sobre la autoridad:
Para ser una verdadera autoridad, debemos respetarnos y valorarnos a nosotros mismos.

¿Cómo?

Siendo capaces de fijar los límites a quien quiera que trate de destruir nuestra auto-confianza y/o la de nuestros niños.

Y eso implica el defenderlos de cuanto adulto desee burlarse, humillarlos o reprenderlos sin razón aparente, muchas veces desautorizándonos o pasando por encima de nuestras decisiones.

Y cuando digo cualquier adulto, incluyo a nuestros propios padres, suegros, hermanos, tíos, amigos, vecinos y a quien sea que pretenda desahogar sus propias frustraciones a cuenta de los más pequeños e indefensos: los niños... nuestros niños.

Si los defiendes de quien sea y cuando sea; si eres respetuoso y amable incluso cuando en apariencia no lo merezcan; si les escuchas con atención; si valoras y tomas en serio sus opiniones; si eres su amigo: Serás alguien a quien tus pequeños desearán imitar.

Un verdadero ejemplo a seguir.

Alguien con quien se sentirán seguros.

Alguien a quien admirarán… siempre.

En fin, serás una verdadera autoridad!




Por Elvis Canino

viernes, 13 de diciembre de 2013

¿Aprobado o Reprobado por el Entorno?


Imaginemos la siguiente situación: Estamos haciendo la cola del Supermercado, llevamos a nuestro pequeño sentado sobre el carrito de las compras (A mi hija le encanta). Cuando estamos a unos pasos de la caja registradora aparece el juguete o la golosina que fue colocada justo allí con una clara doble intención. En ese momento nuestro pequeño la pide; le decimos que no, que no podemos comprarla. Comienza a gritar, a gritar a todo pulmón. Lanza cosas, grita, agita las piernas, sigue gritando.
Ahora viene lo peor: Las personas (en su mayoría adultos) que se encuentran alrededor comienzan a mirarnos y a mirar al niño. ¡Y no es cualquier mirada! Es aquella mirada que te desarma y te hace sentir culpable. Esa mirada que te dice que debes poner freno a la cosa o si no ¿Qué dirán los demás? Una escena que pone incomodo al más pintado. Todos te observan, casi te señalan, sus miradas te acusan. A veces, en el peor de los casos, llueven los comentarios tipo: “Que niño tan malcriado” “Mira niño, a hacerle caso a tu mami” “Ayyy…ojalá fuera hijo mío”.
Ahora… ¿Sabes por qué te incomoda tanto que te miren, te señalen y te acusen? ¿Sabes por qué puede ruborizarte una mirada acusadora  cuando tus hijos tienen una pataleta en público?
Pues, sencillo. Recuerda que un día fuiste un niño al que seguramente se le enseñó a esperar la aprobación de los demás. Al que se le premió “cuando se portó bien”, y se le ignoró o castigó cuando “se portó mal”. En pocas palabras, ese niño obediente, que aún vive en ti, no soporta que el entorno le señale o le juzgue.
Por lo tanto, es del todo natural que un grupo de desconocidos te intimide con sus miradas, sus comentarios no solicitados y las típicas sugerencias conductistas adultocéntricas, que no hacen más que recordarte que un día fuiste un pequeño que debía esperar un premio o un castigo según su conducta. Lo peor es que la mayoría de las veces ni siquiera estemos conscientes de que es así.
Entonces ¿Qué hacer al respecto?
Lo primero es dejar de sentirnos culpables. Las rabietas son algo natural y absolutamente sano. Son la forma en que los niños suelen expresar su enojo, frustración, inconformidad, molestia y cualquier otra situación desagradable para ellos. También suelen ser un llamado de atención, un “Aquí estoy. Te necesito. Mírame”.
Lo más seguro es que lo que nos estén reclamando sea la mirada, la escucha o el tiempo que posiblemente les hemos negado o que sencillamente no han sido exclusivos en algún otro momento, bien sea debido a nuestra apretada agenda y ocupaciones o a que sencillamente no notamos su requerimiento.
Además de eso, es hora de que comiences a ser consciente de que ya no eres un niño y de que la aprobación de los demás ya no debe hacer mella en tu carácter o en tu buen o mal humor. Ya has crecido, eres padre o madre y te aseguro que al final ninguno de aquellos que te señala o critica, siente una verdadera y sincera preocupación por ti o por lo que te suceda o deje de sucederte.
¿Y quieres una buena noticia?
Pues ahí va: Las rabietas son pasajeras, tus hijos no las harán por siempre, a menos que no aprendas a abordarlas o te inclines hacia la crianza autoritaria basada en el premio y el castigo, responsable de que haya tantos adultos malhumorados y enojados, o en el peor de los casos sumisos y fácilmente influenciables, por doquier.
De la contención, comprensión y paciencia que tengamos para con las rabietas y pataletas de nuestros hijos, dependerá la duración e intensidad de las mismas. Un niño que se siente comprendido, escuchado y contenido poco a poco va dejando de sentir la necesidad de expresarse a través del enojo.
Lo segundo a tener en cuenta es que los “opinólogos” de turno están de más. Recuerda quienes te rodean en la cola del supermercado generalmente son desconocidos a los que no volverás a ver jamás, así que su opinión debería importarte un bledo. Y si son conocidos, también debe darte igual. La felicidad, el sano crecimiento y la estabilidad emocional de nuestros niños deberían estar por encima de cualquier otra cosa. Especialmente de las opiniones de personas a las que a fin de cuentas les importamos poco o nada.
Hacer caso omiso a los comentarios no solicitados y a la intrusión del entorno también te hará un gran bien en tu propio crecimiento personal y reforzará tu autoestima. Además que contribuirá a que tus hijos vean en ti a la persona madura y segura de sí misma que eres. Por lo que serás alguien a quien ellos admiren, respeten y deseen imitar. O sea, una verdadera autoridad.
Recuerda que también es importante que los defiendas de quien sea, donde sea y cuando sea. Por nada debes permitir que los demás se burlen, pongan etiquetas o descalifiquen a tus hijos en tu presencia. Si tú no defiendes a tus hijos ¿Entonces quien lo hará?
Recuerda y recuérdale a los demás que el respeto se gana respetando. No hay atajos!
…Y sobre la verdadera autoridad y el respeto hablaremos en la próxima entrega.

Por Elvis Canino

sábado, 3 de agosto de 2013

HISTORIAS DE LACTANCIA... (TESTIMONIO DE UN PAPÁ)


"...La Humanización el Nacimiento, la Lactancia materna, la Crianza con Apego, el Respeto a los niños y la armonía en el hogar son factores fundamentales para una verdadera Cultura de Paz..."

Cuando mi hija llegó a mis brazos por vez primera, la emoción fue muy grande. Tanto, que por un momento no supe "manejar" el torbellino de reacciones dentro de mí. Luego vino (afortunadamente) una especie de período de adaptación, de asimilación de mi nuevo papel en la vida (hasta ahora desconocido para mí): el Rol de Papá. 
Y hay algo que no puedo pasar por alto de dicho proceso de "adaptación", y a lo que pocos hombres (de eso estoy seguro) pueden escapar: los benditos, naturales y nada agradables celos. 
El sentirme de repente desplazado, el dejar de ser el centro de las caricias de mi mujer, el no poder ser "atendido"  o escuchado cada vez que lo deseaba, el tener que abrir espacio en mi cama a ese nuevo miembro de la familia, el sentirme “abandonado sexualmente”… el sentirme invadido, así como lo oyen… invadido.
En ese momento no sabía absolutamente nada de lo importante de la fusión mamá-hijo-papá, o "algo en mí" como que se negaba a verlo. En ese momento no comprendía lo importante que era mi apoyo a mi mujer y a mi hija, frente al inevitable ataque del entorno "que todo lo juzga". En ese momento me sentí de nuevo como ese niño abandonado que posiblemente una vez fui.
Pero afortunadamente me dí mi chance para conectarme con mis propias "heridas olvidadas"; afortunadamente logré silenciar mi ego (Y vaya que no es fácil); afortunadamente logré acallar la voz del "macho herido que reclama el territorio perdido"; afortunadamente me permití sanar, abrazándome a mí mismo mientras abrazaba a mi bebé.
Ser padre me permitió sentirme niño de nuevo y poder verme al espejo sin máscaras. Sentir en más de una ocasión que esa bebé a la que tenía en brazos reflejaba lo mejor y lo peor de mi propio sentir... Vaya oportunidad para encarar mis propias sombras!
Pero ahora, gracias a tanto amor dado y recibido, estoy convencido de que la lactancia es un trabajo de tres. Estoy convencido de que el rol del papá debe ser el de protector, el de sostén, el de bastión emocional… el de apoyo total a mi pareja donde sea y contra quien sea. 
Ahora veo con claridad lo importante que es el nexo papá-mamá-bebé (La Tríada), lo importante que es la armonía en los primeros años de vida de un niño… lo importante, grande y fundamental que es el amor que se recibe en la infancia, para el resto de nuestras vidas.
Veo que no hay mejor inversión que la que se hace amamantando, colechando, queriendo, abrazando y aceptando sin condiciones. Veo que nada une más a una familia que el calor humano, el contacto y la comunicación. Veo que como es abajo es arriba y que es imposible cambiar el mundo, permitiendo que en nuestro hogar reinen la desconexión y la desarmonía…
Por eso ahora creo firmemente en la Revolución del amor; creo que lo más importante es el contacto permanente y constante con nuestros hijos, y estoy plenamente convencido de que pocas cosas avivan tanto la "llama de la Paz" como esa fusión que se genera cuando una mamá amamanta a su bebé... y ¿por qué no? cuando un papá los sostiene a ambos!

(Fotos cortesía de Patricia Angulo)

Por Elvis Canino

lunes, 24 de junio de 2013

¿LA PAZ DEL MUNDO?


"Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera." 
(François de La Rochefoucauld)

Mucho se puede decir de crianza amorosa, disciplina positiva, tiempo de calidad, respeto a la infancia y toda una cantidad de propuestas positivas y que yo personalmente no dolo defiendo sino recomiendo a cuanto papá o mama se me cruza en el camino. Pero estoy convencido de que debemos ir un poco más allá. Sí, allá… dentro de ese papá o mamá con los que conversamos y, de hecho mucho más allá… mucho más atrás. Quizás hasta el propio subconsciente del colectivo.

Debemos revisar esa sombra de nosotros que tenemos reprimida, allá escondida, muy en el fondo. Donde aún hay rabia, donde hay mucho miedo, donde se encuentra un pequeño niño asustado, acurrucado, que un día decidió bloquear recuerdos, esconder su dolor y olvidar…pero sin perdonar.

Ese es nuestro niño interno. Es tu propio yo, pero en otro lugar del tiempo. Donde si acaso podías defenderte, donde muchas veces quienes debían ser tus defensores se transformaban en tus propios agresores. Donde no tenías a donde huir porque dependías de otros. Donde decidiste olvidar e idealizar a quienes ejercieron violencia (de una u otra forma) sobre ti.

Ahora eres Papá o Mamá. Te ves espejado en otro ser viviente que llegó a través de ti, que te recuerda quién eres y que, lo quieras o no, te reconecta con aquel niño que dejaste allá… atrás.
Ahora quieres hacerlo bien, hacerlo distinto, no repetir lo que hicieron contigo, pero no has sanado. Olvidaste, bloqueaste, idealizaste… pero no perdonaste.


De repente comienzas a ver conductas en tus hijos que te hacen perder la calma. Se repiten situaciones que no comprendes. Comienzas a ver cómo actúan con rabia y no entiendes por qué. Comienzan a surgir problemas con tus padres o suegros (quienes terminan reflejando algunas veces lo que en realidad sientes por tus progenitores), o si bloqueaste y reprimiste el recuerdo idealizando a estos últimos para sobrevivir (como suele ocurrir con muchísima frecuencia) comienza a proyectarse esta rabia hacia tu pareja,  las otras personas que te rodean, contra ti mismo o lo que es peor… contra tus propios hijos.


Tus hijos reflejan lo que tu niño interno siente. Tú no lo entiendes, no sabes manejarlo y les devuelves lo mismo o algo aún peor. Tu niño sigue regresándote lo mismo, incluso cada vez multiplicado. Tú estallas y sigues respondiendo con rabia…y siempre de peor manera. Muchas veces te contienes, lo que es peor. La rabia que se queda adentro termina estallando tarde o temprano. Bien sea contra otro o contra ti.


Nos unimos a un círculo violento de nunca acabar, nos quejamos con los demás o tratamos de delegar el problema a un "especialista". Por supuesto, que el problema que delegamos a otros es el niño. “Nosotros estamos bien, es mi hijo que es terrible, hiperactivo, ansioso”… y pare usted de contar cuántos calificativos.

El especialista; llámese educador, orientador, psicopedagogo, chaman… nos receta algo. O mejor dicho, se lo receta al niño. Muchas veces nos recomienda tomar medidas disciplinarias para demostrar al niño quién manda aquí.


¿Y nuestra rabia? ¿Y nuestro miedo? ¿Y el niño que sigue temblando allá en el fondo de nuestra alma? “No, no, no, no, no…Tu hijo es un niño problema” dice el “experto”.
¿Te suena? Puede que digas que no, pero es más común de lo que tú o yo quisiéramos imaginar. Cuánta gente hay que quiere hacer las cosas bien pero siempre termina dejando todo a medias, o cambiando el rumbo o lo que es peor… estallando!


Nuestra prioridad debe ser nuestra propia sanación. Sugiero explorarnos, revisar qué tenemos más allá de la “falsa realidad o falso pasado” que nos creamos. Revisar cómo está nuestro niño interno. Como estamos con nuestros padres más allá del supuesto amor que les tenemos, y qué en realidad no es más que una manta con la que decidimos un día cubrir lo que en verdad sentíamos hacia sus figuras y hacia "lo que nos hicieron". Y ojo, no debemos culparlos, porque lo más seguro es que su propio niño interno esté aún más aterrorizado y rabioso.

Creo que de eso se trata, de romper la cadena de una vez. No podemos dar lo que no tenemos, así que si no sanamos, jamás vamos a poder estar verdaderamente comprometidos con la paz que debería reinar dentro de nosotros mismos, ni siquiera con la paz de nuestro hogar y mucho menos con la del mundo.


Por Elvis Canino