domingo, 7 de diciembre de 2014

Un Manojo de Esperanza...

Si Anhelamos crear un mundo
sin violencia
donde el respeto y la ternura
logren reemplazar el miedo y el odio,
debemos comenzar con el trato que nos damos
al comienzo de la vida.
Pues es ahí donde se cimientan
nuestros patrones más profundos.
A través de estas raíces crece el temor
y la enajenación –
o el amor y la confianza...


Por Suzanne Arms
Texto e imagen cortesía de Isabella Polito y Auroramadre: Arte y Ciencia de Parir

jueves, 13 de noviembre de 2014

Si la risa reemplazara a la sonrisa…

Me gusta la gente que comete errores, que no se avergüenza de su imperfección y tiene el valor de aceptar que equivocarse es natural… y sano.
Cuando me rodeo de personas así, me siento seguro, tranquilo y confiado. No veo máscaras, sino almas. Ellas y ellos son, para mí, grandes maestros... y por supuesto, grata compañía.
Así mismo (Y espero que esto no se interprete como un juicio), hay personas que valoran demasiado la apariencia; que sonríen con la boca, mas no con el corazón; que te piden credenciales, por aquello de que los títulos te hacen "alguien"; y, por supuesto, que por encima de todas las cosas tienen siempre la razón, muchas veces a costa de no escuchar o aceptar jamás nada que atente contra sus juicios y valores.
Este tipo de personas, por mucho que me empeñe en lo contrario, me activa alarmas. Estar con ellas me hace sentir incómodo y paranoico. Y a veces siento que me quitan tanta energía, que prefiero optar por el viejo lema de “mejor solo, que mal acompañado”.
La autenticidad es un don preciado que a la mayoría de nosotros se no arrebató en la infancia. Cuando se nos enseñó a aparentar en nombre de la aprobación, la etiqueta social y el tener que caerle bien a los demás. Un don que cada niño que encuentro me muestra y me recuerda, sin necesidad de esforzarse.
Las máscaras que el mundo adulto nos obligó a mostrar cuando tenemos que agradar a los demás pesan bastante. Jamás son una carga grata. Muchas veces nos hacen fruncir el ceño, o sonreír de forma extraña, como si posáramos para una revista.
Me encantan los niños porque no aparentan nada, no les interesa agradar a nadie y por supuesto, son incapaces de engañar con intenciones egoístas y mezquinas.
Cuando mienten (cosa que aprenden de nosotros) lo hacen por simple supervivencia. Dependen de nuestra protección, son vulnerables y están indefensos ante el maltrato, el castigo y el chantaje ¿No haríamos lo mismo en su lugar?
También estoy consciente de que no todos los adultos que aparentan algo lo hacen por maldad o con intenciones turbias. La mayoría simplemente olvidó quien ES en realidad.
Eso es todo: una cuestión de memoria.
Si nos permitiéramos recordar y reconectarnos, aunque sea de vez en cuando, con nuestra verdadera esencia.
Si reconociéramos, aceptáramos e integráramos nuestras propias sombras. Así, con sencillez y sin los prejuicios y etiquetas que han sembrado en nuestra mente (Y en nuestra alma), muchas veces desde que eramos apenas unos bebés.
Si nos aceptáramos, reconociéramos y valoráramos tal y como somos, con defectos y virtudes.
Si dejara de importarnos tanto lo que piensan (...o creemos que piensan) los demás.
Si recuperáramos la libertad que, de niños, nos permitía explorar el mundo sin miramientos y sin tanta planificación.
Si recobráramos la humildad y la sencillez que se requieren para aceptar nuestras fallas y pedir perdón, cuantas veces sea necesario.
Si, al igual que los niños, dejáramos de instalarnos en lo que nos hicieron, para justificar el odio, la ira y los deseos de venganza.
Que distinto sería el mundo si la risa reemplazara a la sonrisa.
Que agradable sería la vida, si ya nada fuera tan importante como para ponerlo por encima del amor y el respeto hacia nosotros mismos…

Por Elvis Canino

martes, 11 de noviembre de 2014

Reconectándonos con la Magia!



¿Recuerdas la primera vez que te viste reflejado en una pequeñita e indefensa criatura nacida de tu amor? ¿Y cuando te miró a los ojos por primera vez? ¿O aquel momento en que apretó tu dedo como diciendo “Hola, aquí estoy… protégeme”?

Para muchos (incluyéndome) el concepto de lo mágico comenzó a tener o mejor dicho, a recobrar sentido desde que experimentamos esa sensación de vernos reflejados en ese pequeño espejo de carne y hueso que el universo materializa a través de nosotros: nuestros hijos.

A partir del primer contacto, del primer abrazo, del primer intercambio de miradas  todo comienza a verse desde una perspectiva diferente, como si cambiáramos el cristal a través del cual enfocamos el mundo. Despertando, renaciendo, recalibrando el contador a cero… dejando el pasado donde debe estar… atrás.

Recuerdo que algunos amigos trataron de describirme esa sensación, pero hay cosas que no se comprenden hasta que se experimentan en carne propia.

Cuando tuve a mi hija en mis brazos por primera vez, experimenté una especie de reencuentro con lo que podría describir como mi verdadero Yo;  ese “Yo” o ese “alguien” que no conoce máscaras, que es auténtico y transparente, y al que no veía desde hace muchísimo tiempo, cuando era apenas un pequeño que conservaba intacta la inocencia y la pureza que un día el mundo adulto me fue arrebatando con sus institucionalización y sus etiquetas que lo clasifican y explican todo.

Percibí de nuevo ese olor a magia. Olor que no disfrutaba desde que me había transformado en una persona responsable y “cuerda”, o al menos eso creo.

Y cuando hablo de magia no me refiero a ilusionismo barato, sino a la Magia Real. Aquella que sostiene el universo en una constante sinfonía; la que percibes cuando miras el cielo y pasa una estrella fugaz como persiguiendo algo; la que sana a quienes no pierden la fe; la que puede hacerte sonreír en medio de una tormenta infernal; esa que puede devolverte las ganas de vivir cuando todo apunta a lo contrario.

Puede que ahora que eres un adulto serio y de pensamiento lógico, te niegues a aceptarla y prefieras optar por un mundo de coherencia y de estadísticas científicas, de esas que todo lo comprueban; pero estoy seguro que en tu infancia ni por un momento dudaste de su existencia.

El mundo infantil es natural y espontáneamente mágico, los niños viven rodeados por la magia todo el tiempo. Desde que despiertan y son invitados por el sol a sentir, explorar y saborear los colores de su mundo. Ellos experimentan un eterno momento presente, en el que se maravillan por todo.

Mi hija me lo recuerda constantemente, me relata historias sin lobos feroces; donde las mariposas, los conejos, los ogros y las princesas conviven en armonía, queriéndose unos a otros sin etiquetarse y sin conocer la mezquindad.

Exploramos juntos nuestro jardín hablando acerca de esos mundos indescriptiblemente mágicos que se esconden bajo tierra, y a los que se llega a través de esas cuevitas construidas por las hormigas, que solo la sabiduría y paciencia de un niño es capaz de contemplar durante horas y horas, en medio del éxtasis y en un estado indudablemente meditativo.

La paternidad para mí ha sido una gran oportunidad para reconectarme con ese camino que había olvidado.  Creo que se me ha dado una especie de segundo chance para vivir y saborear el aquí y el ahora como nunca antes. Ese eterno ahora en el que vive mi hija, y al que me invita cada vez que jugamos, cada vez que cantamos, cada vez que bailamos, cada vez que reímos.

Entonces ¿por qué no aprovechar esta magia para sanar aquello que bloquea y obstaculiza mi felicidad? ¿Por qué no sonreír de nuevo cada vez que me miro al espejo? ¿Por qué no concentrarme en disfrutar al máximo cada momento mágico en ese jardín que llamo Vida?



Por Elvis Canino

viernes, 7 de noviembre de 2014

¡Piensa en esto antes de aceptar un diagnóstico sobre tus hijos!


¿Sabías que Albert Einstein fue diagnosticado por un pediatra como retrasado mental?
¿Sabías que no habló hasta cumplir los 4 años?
¿Sabías lo que comentó sobre él uno de sus maestros?
Pues su maestro dijo lo siguiente: “Es lentísimo y no consigue memorizar nada, no entiende de reglas y no obedece órdenes”
¿Sabías que otro profesor le dijo que "estaría mucho más contento de no tenerlo como alumno en su clase, porque se sentaba en la última fila y sonreía, lo que violaba el sentimiento de respeto que un maestro necesita"?
Afortunadamente para Einstein (Y para la humanidad) aún no se había "INVENTADO" el déficit de atención e hiperactividad, y por supuesto no se condenaba a los niños a vivir drogados con RITALÍN.
Por favor, piensa en esto cuando un supuesto "especialista" trate de convencerte de que tu niñ@ tiene problemas de atención. Especialmente cuando pretendan medicarlo.
La medicación y los diagnósticos precoces no son juego.
No permitas que maten la espontaneidad y la personalidad de tus hij@s.
Recuerda que son niños, no androides.
NO a los diagnósticos irresponsables. NO a la medicación con drogas a niños sanos.
¡Ya basta!
 Por Elvis Canino

domingo, 12 de octubre de 2014

…Esa mirada que me hacía obedecer!

Escucho a muchas personas decir con cierta nostalgia: “Bastaba que mi mamá me mirara para que yo me quedara quiet@ y me portara bien.”
Y sé que suena muy lindo, poético y hasta jocoso a veces, pero ¿Te has preguntado qué se esconde detrás de esa obediencia estimulada por una mirada amenazante? 

Pues miedo. Sí, mucho miedo… muchas veces hasta en el nivel de terror o pánico.
Solemos disfrazar con risas y una admiración forzada las emociones reales que se esconden detrás de estos recuerdos. La mayoría de nosotros está inconsciente de la ira y la rabia que lleva dentro, gracias a la represión y al chantaje que hemos padecido en nuestra infancia y/o adolescencia por parte de nuestros progenitores, y muchas veces de nuestros educadores y demás adultos del entorno cercano.
Amenazar no es positivo. No genera aprendizaje, no estimula, no fortalece la autoestima. Por el contrario nos termina acostumbrando a la obediencia ciega, al no cuestionar, a reprimir nuestros sentimientos, ideas y emociones. Nos enseña a funcionar desde el miedo y desde la manipulación. ¿Ya ves por qué nuestra sociedad funciona como funciona? ¿Ya ves por qué a muchísimas parejas se les hace tan difícil conciliar?
Como padres, para mejorar las cosas deberíamos comenzar por sanar toda la rabia y la frustración que nos ha dejado la forma en que fuimos criados y educados. Ya que con tanto resentimiento guardado (Del que generalmente no estamos conscientes), el camino se hará siempre más tortuoso y difícil. Pues no puedes cambiar lo de afuera, si no cambias primero lo de adentro.
Seguido,  deberíamos execrar, de una vez por todas, la cadena del chantaje, el miedo,  los premios y castigos de la educación y crianza de nuestros niños.
Se puede incentivar sin sonsacar, sin aterrorizar. El chantaje y la manipulación son las herramientas del miedo. Sólo funcionan (Si es que a eso se puede llamar funcionar) cuando la comunicación ha fracasado.
Ojalá tus hij@s puedan decir mañana: 

"...Recuerdo la mirada amorosa de mis padres, incentivándome a ser yo mism@, a actuar según mi corazón y a discernir antes de obedecer. Mientras me decían, con sus ojos: Siempre, siempre estaré contigo!”

Por Elvis Canino

lunes, 29 de septiembre de 2014

De cómo enseñamos a nuestros niños a mentir!

Los niños siempre dicen la verdad. ¿Por qué? Porque la verdad es su estado natural. Su inocencia y pureza los conecta permanentemente al presente. Y en el presente sólo existe la verdad. 
La Mentira corresponde al futuro o al pasado. Para mentir tenemos que inventar una historia que no existe (Futuro), o alterar una que ya sucedió (Pasado). En el tiempo presente no tiene cabida, pues el presente es acción.
Por lo tanto, es indiscutible que los niños siempre dicen la verdad. 
¿Que por qué algunos mienten? Pues porque nosotros (Padres, Maestros y demás figuras protectoras), quienes se supone debemos cuidarles y enseñarles, los introducimos (con nuestras acciones y ejemplo) en el nada grato “arte de la mentira”.
Mi madre suele contarme la siguiente historia personal (sobre mi abuela y ella) que me gustaría poner de ejemplo:
“Cuando era niña siempre nos visitaba una vecina que solía ponerse a conversar con mi mamá, y solía pasar bastante tiempo en nuestra casa.
Un día mi mamá andaba de poco ánimo, y sonó la puerta. Por la hora, asumió que era la vecina. Me llamó en voz baja y me dijo casi en susurro: - Asómate a la puerta y di que no estoy -.
A lo que dije:- ¡Voy, Mamá!
Corrí a la puerta feliz porque me habían confiado una misión importante.  Abrí, me asomé y dije muy orgullosa: - ¡Mi mamá dice que no está!.
Mi mamá, por supuesto, me castigó!”
Así como esta anécdota que cuenta (entre risas) mi madre, hay miles. 
Sé de niños que son castigados en la escuela y en casa por ser sinceros y decir lo que sienten. Y ni hablar de lo que les tocaría si, por ejemplo, rompen un jarrón  o cualquier otro objeto valioso para los adultos, y se atreven a confesar la verdad.
A muchos adultos les encanta que se les mienta, diciéndoles sólo lo que ellos desean escuchar.  
Escucho a muchas personas decir: “A mí me gusta que me digan la verdad en mi cara”. Esto, por supuesto, hasta que alguien se las dice.
Nuestra sociedad adora las máscaras y las apariencias. Por eso enseñamos a nuestros niños a mentir. ¿Y saben cómo empezamos? A través del castigo y de nuestro propio ejemplo.
Recuerda que tus hijos aprenden más de tus acciones que de tus palabras. Ten cuidado con lo que enseñas. Y por favor, trata de vivir en el presente, como los niños.
¡Así evitarás la tentación de mentir por quedar bien!

Por Elvis Canino

lunes, 1 de septiembre de 2014

Mi Tesoro Perdido!


Recuerdo que una vez, hace mucho mucho tiempo, un buen amigo me preguntó:
"¿Y tú como le haces para estar todo el tiempo sonriente?".
Era yo apenas un muchacho y no supe responderle, pero ahora que lo pienso, por algo nunca me olvidé de aquel, en apariencia, insignificante suceso.

Un día, varios años después de aquel comentario, me contemplé al espejo y noté que ya no sonreía como antes, ni siquiera me miraba como antes. Fue allí cuando empecé a hablarme al espejo (Cosa que ahora hago a diario, como un ritual), y decidí que ya no desperdiciaría un día más frunciendo el ceño (Aunque confieso que me es bastante difícil cumplir este compromiso cabalmente las 24 horas, pero se hace lo que se puede).

La vida para mí, antes y después de aquel suceso, ha sido un constante vaivén de situaciones extrañas, gente interesante, momentos surrealistas, experiencias como sacadas de un libro muy raro. Algo así como un sueño, de esos que te invaden cuando has dormido mucho y ya no encuentras más que soñar.

Lo interesante del asunto es pensar en cómo todo ese cumulo de experiencias extrañas y de personajes  a veces bien dignos de un cuento kafkiano (como yo mismo, por ejemplo), puede haberme llevado al sendero en que me encuentro en este preciso momento.

Si lo pienso bien, cada experiencia, cada palabra, cada sueño, cada gesto me condujo exactamente a donde me tenía que conducir, a donde creo estar parado ahora.

Aceptar y honrar mis sombras, mis defectos y mis carencias; contemplar con amor mi propia oscuridad; bendecir y agradecer cada trago amargo (así como cada trago dulce) es, o al menos eso creo, lo que en cierto modo me ha ayudado a mantenerme a flote cuando los vientos fuertes han azotado.

Aceptar que me falta mucho que aprender; que podría dar más Amor, sin condiciones (A mí mismo, por ejemplo); que mis defectos son parte de mi SER, de mi esencia. Todo esto me nutre y me sostiene a la cordura (o a eso que más se me parece a ella).

A fin de no olvidarlo y mantenerme atento, me pongo los siguientes compromisos de vida cada mañana al despertar:

*No juzgar a nadie (Ni siquiera a mí mismo).
*No dedicar tiempo al chisme, a la envidia o a la intriga.
*Dedicar cada día de mi vida a aprender, a mejorar, a rectificar mis equivocaciones, sin avergonzarme de ellas.
*Saborear el presente, así como cuando era un niño lleno de curiosidad y asombro.
*Agradecer cada momento, cada regalo de la vida, cada aprendizaje, cada error.
*Silenciar mi mente a voluntad, escuchando solo mi respiración... y a Dios. (Y vaya que calma, ¡Inténtenlo!). 
*Sonreír a cada niño que veo. Ellos sí que saben devolver una sonrisa.
*Jugar, hablar con, y escuchar a mi hija.
*Abrazar, besar y llevarle el café a la cama a mi compañera de viaje (No se me hace difícil, pues siempre me levanto antes)
*Abrazarme y sonreírme cada vez que me miro a los ojos.
*Decir al niño que aún vive dentro de mí, que lo amo, que todo está bien y que nunca lo dejaré solo.
*Escuchar buena música.
*Decirme cosas agradables a mí mismo, regalarme cosas, regalarme tiempo.
*Ayudar a quien lo necesite. De forma desinteresada, sin esperar nada a cambio.
*Leer algo interesante y constructivo, algo que me haga sentir bien. ¡Oler un libro!
*Pisar la grama o el suelo descalzo.
*Mojarme con la lluvia.
*Comer algo que me guste mucho, por placer.
*Olvidarme del reloj y de la prisa.
*Pensar en alguien a quien quiero.

Todo esto me recuerda que estoy vivo, que soy un visitante temporal en este mundo y lo más importante: Me reconecta con mi tesoro perdido. Ese que siempre estuvo frente a mi, pero que ya no lograba ver, quizás por insistir tanto en pensar y en actuar... ¿Como adulto? 

(Nota: Sí, soy yo el de la foto)


Por Elvis Canino