lunes, 1 de septiembre de 2014

Mi Tesoro Perdido!


Recuerdo que una vez, hace mucho mucho tiempo, un buen amigo me preguntó:
"¿Y tú como le haces para estar todo el tiempo sonriente?".
Era yo apenas un muchacho y no supe responderle, pero ahora que lo pienso, por algo nunca me olvidé de aquel, en apariencia, insignificante suceso.

Un día, varios años después de aquel comentario, me contemplé al espejo y noté que ya no sonreía como antes, ni siquiera me miraba como antes. Fue allí cuando empecé a hablarme al espejo (Cosa que ahora hago a diario, como un ritual), y decidí que ya no desperdiciaría un día más frunciendo el ceño (Aunque confieso que me es bastante difícil cumplir este compromiso cabalmente las 24 horas, pero se hace lo que se puede).

La vida para mí, antes y después de aquel suceso, ha sido un constante vaivén de situaciones extrañas, gente interesante, momentos surrealistas, experiencias como sacadas de un libro muy raro. Algo así como un sueño, de esos que te invaden cuando has dormido mucho y ya no encuentras más que soñar.

Lo interesante del asunto es pensar en cómo todo ese cumulo de experiencias extrañas y de personajes  a veces bien dignos de un cuento kafkiano (como yo mismo, por ejemplo), puede haberme llevado al sendero en que me encuentro en este preciso momento.

Si lo pienso bien, cada experiencia, cada palabra, cada sueño, cada gesto me condujo exactamente a donde me tenía que conducir, a donde creo estar parado ahora.

Aceptar y honrar mis sombras, mis defectos y mis carencias; contemplar con amor mi propia oscuridad; bendecir y agradecer cada trago amargo (así como cada trago dulce) es, o al menos eso creo, lo que en cierto modo me ha ayudado a mantenerme a flote cuando los vientos fuertes han azotado.

Aceptar que me falta mucho que aprender; que podría dar más Amor, sin condiciones (A mí mismo, por ejemplo); que mis defectos son parte de mi SER, de mi esencia. Todo esto me nutre y me sostiene a la cordura (o a eso que más se me parece a ella).

A fin de no olvidarlo y mantenerme atento, me pongo los siguientes compromisos de vida cada mañana al despertar:

*No juzgar a nadie (Ni siquiera a mí mismo).
*No dedicar tiempo al chisme, a la envidia o a la intriga.
*Dedicar cada día de mi vida a aprender, a mejorar, a rectificar mis equivocaciones, sin avergonzarme de ellas.
*Saborear el presente, así como cuando era un niño lleno de curiosidad y asombro.
*Agradecer cada momento, cada regalo de la vida, cada aprendizaje, cada error.
*Silenciar mi mente a voluntad, escuchando solo mi respiración... y a Dios. (Y vaya que calma, ¡Inténtenlo!). 
*Sonreír a cada niño que veo. Ellos sí que saben devolver una sonrisa.
*Jugar, hablar con, y escuchar a mi hija.
*Abrazar, besar y llevarle el café a la cama a mi compañera de viaje (No se me hace difícil, pues siempre me levanto antes)
*Abrazarme y sonreírme cada vez que me miro a los ojos.
*Decir al niño que aún vive dentro de mí, que lo amo, que todo está bien y que nunca lo dejaré solo.
*Escuchar buena música.
*Decirme cosas agradables a mí mismo, regalarme cosas, regalarme tiempo.
*Ayudar a quien lo necesite. De forma desinteresada, sin esperar nada a cambio.
*Leer algo interesante y constructivo, algo que me haga sentir bien. ¡Oler un libro!
*Pisar la grama o el suelo descalzo.
*Mojarme con la lluvia.
*Comer algo que me guste mucho, por placer.
*Olvidarme del reloj y de la prisa.
*Pensar en alguien a quien quiero.

Todo esto me recuerda que estoy vivo, que soy un visitante temporal en este mundo y lo más importante: Me reconecta con mi tesoro perdido. Ese que siempre estuvo frente a mi, pero que ya no lograba ver, quizás por insistir tanto en pensar y en actuar... ¿Como adulto? 

(Nota: Sí, soy yo el de la foto)


Por Elvis Canino

1 comentario:

  1. Preciosa y muy interesante entrada.

    Gracias por compartirla

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